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 Hechizo del desierto

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Maighdean na Tuinne
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MensajeTema: Hechizo del desierto Miér Nov 21, 2012 8:23 pm

Escribí este relato para participar en un primer certamen de una editorial. En las bases del concurso indicaban que debía utilizar como máximo 700 palabras, algo que me obligó a modificar y reducir la historia. Ya preparado, lo envié tal y como ellos querían, tipo de letra, tamaño, formato, etc. Días después, me mandaron un mensaje para decirme que el relato excede el número de caracteres (cantidad de letras) y que si no lo modificaba, no lo tendrían en cuenta. Y digo yo... ¿por qué no mencionaron el número de caracteres en las bases del concurso? nuse qfuerte Así que como ya no lo puedo reducir más y va a ser descalificado, aquí lo publico para que lo disfrutéis vosotras gafas

P.D: Mi especial agradecimiento a Olivia Ardey que me ayudó con el final abrazo




Hechizo del desierto


Fui destinada a la región suroeste de Arabia Saudí, a un inhóspito lugar llamado Shaybah. Debía obtener información sobre una nueva especie de planta medicinal. Sin embargo, en aquel mar de dunas, dar con el paradero exacto era complicado. Llevaba días explorando la zona y no encontré nada relevante. Revisé las coordenadas continuamente, la tecnología con la cual iba equipada para comunicarme con el mundo acabó sucumbiendo al calor asfixiante... y al final terminé perdida y a merced del cruel desierto. Vagué sin rumbo, conservando las escasas provisiones, hasta que una noche alcancé a ver en la penumbra lo que parecía ser un lago. Con esperanzas renovadas y rezando para que aquello no fuera un espejismo, avancé hacia él con pasos tambaleantes. Cuando me incliné a beber, descubrí con amargura que el agua era salada. Aquel debía ser uno de los últimos lagos salinos característicos de aquel arenal. Frustrada, golpeé el agua con los puños y miles de gotas salieron disparadas a mi alrededor. Hice acopio de mis últimas fuerzas y conseguí incorporarme hasta que mis ojos alcanzaron a ver las estrellas delimitadas por el horizonte. Vi entonces que una sombra se movía a través de la oscuridad, pero también lo hicieron las dunas que empezaron a girar a mi alrededor. Una terrible sensación de náusea me invadió y perdí el equilibrio. Mis propias huellas en la arena fue lo último que pude apreciar antes de rendirme a la oscuridad total.

Durante mucho rato fui incapaz de abrir los ojos, mas sentía estar tumbada sobre una superficie dura y con gente deambulando a mi alrededor. Hablaban en un idioma extraño y, de vez en cuando, notaba sus cálidos alientos sobre mi rostro. En ocasiones me instaban a beber agua y brebajes de sorprendente sabor. Deseaba darles las gracias, pero el sueño y el cansancio me impedían reaccionar. Los días pasaron y recuperé energías.
Desperté dentro de una tienda de campaña árabe, envuelta en una gruesa tela de la cual no podía desprenderme. Pronto descubrí que me habían inmovilizado con ella intencionadamente. Forcejeé desesperada por deshacerme del asfixiante tejido, pero unas sogas lo mantenían ceñido a mi cuerpo. Entonces, la entrada se abrió, la luz entró a raudales y una sombra masculina cayó sobre mí. La misma que vi junto el lago aquella noche. El hombre se acercó y yo retrocedí ante su imponente presencia. Se inclinó a escasos centímetros y tomó mi nuca con su enorme mano, obligándome a mirarle directamente a los ojos; dos esmeraldas que brillaban como si tuvieran luz propia.

- Confía en mí y serás libre - susurró en mi idioma con un exótico acento.

Al instante, con una sorprendente rapidez, me amordazó y me cubrió por completo con aquella odiosa tela. Protesté presa del pánico y de nuevo sentí su poderosa mano sobre mi cuello.

- ¡Silencio! - me ordenó con voz autoritaria.

Obedecí. Me mantuve callada e inmóvil. Escuché cómo el árabe se alejaba para al instante, oír una nueva voz, aún más imperiosa que la de mi secuestrador. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué iba a ocurrirme? Mientras cientos de preguntas invadían mi aterrorizada mente, permanecí sumisa, silenciosa e inerte que una roca del desierto aunque con todos mis sentidos alerta; pues mi instinto me indicaba que alguien más se encontraba bajo aquel techo, escudriñando las sombras. Y, entonces, todo sonido cesó.
Pasó un buen rato hasta que de nuevo aprecié aproximarse a alguien. Los ojos de jade volvieron a encontrarse con los míos. Esta vez sus manos fueron liberadoras, desatando cada uno de las ataduras que me mantenían presa.

- Tranquila, ya no hay peligro - dijo mientras vertía una especie de té en un recipiente. - En unos días volverás a tu país y serás libre - añadió ofreciéndome el vaso.

Hipnotizada por su hermosa mirada y rostro, acepté la bebida. Tenía mucha sed.

- Gracias - dije con un hilo de voz tras el primer sorbo. - ¿Cómo sabía qué idioma hablo?

Acercó mis apuntes. Luego, tomó mi mano y colocó sobre ella un ejemplar de la planta medicinal que había ido a investigar.

-Recuérdame - susurró y me besó con pasión.

Un año después regresé a Shaybah, para quedarme por siempre junto a mi hechicero del desierto.
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